Cartas (I)

Abrió los ojos y, sin mirar, vió un cielo azul y algodonado que asomaba risueño por el tragaluz. Tumbado en calma, una y otra vez, incluso una vez más, tarareaba, casi sin liberar la voz, la melodía de una olvidada canción infantil que ella recuperó para él unas semanas atrás. Siempre le arrancaba una carcajada, llena de amor.

Entraba ya con fuerza el mes de abril, y los abrigos quedaban condenados al ostracismo del armario, hasta la llegada del próximo otoño. El paraguas, aún húmedo, repicaba en su forcejeo contra los barrotes del balcón. Silbaba un viento altanero a rachas fugaces, pero el Sol lucía ya valiente, queriendo imponer su reinado a prisa.

Comprobó, con todos sus sentidos todavía en servicios mínimos, si tenía nuevas notificaciones en el teléfono móvil. Un par de correos electrónicos que podían aguardar y algunas solicitudes de redes sociales no ganaron el placer de su atención. Ninguna noticia de ella.

Tomó de un trago, como si llevase diez años vagando en el desierto, todo el agua que quedaba en el vaso, y de un giro casi mecánico aunque poco diestro, volvió a dar la espalda a la vida exterior, tendiendo su brazo huérfano de una espalda que arropar, hacia el otro lado de su cama, que aún conservaba la indescriptible mezcla de aromas en que se fundían el perfume de su cabello y el sexo apasionado de la mañana anterior.

Con la mirada obstinada en la fría almohada, trataba de remendar en su memoria, milímetro a milímetro, los trazos de su piel desnuda y de su sonrisa clara. Una de esas sonrisas que se contagian porque sí, porque son sinceras. Ansiaba recomponer los fotogramas mentales de su melena, ondulada y mediterránea, revoloteando por su cara en plena anarquía, frente al mar. De sus ojos tímidos y escurridizos, con el brillo de un amuleto de jade, chispeando en cada uno de esos besos que se daban como si no fuese a haber ninguno más.

Ella partió, más lejos de lo que él podía describir, y tres eternos años con sus más de mil madrugadas sin beso de buenos días, se erguían ante sus pensamientos como un muro inexpugnable, que les separaba del anhelado reencuentro. Solamente pensaba en cómo la abrazaría ese día, a su regreso, en el aeropuerto, provocando las miradas cómplices del resto de viajeros que desembarcarían en Barcelona con una sonrisa enternecida entre los dientes, perdida entre la cortesía y la envidia.

En esto andaba sumergido su interés cuando la vibración de su teléfono le reclamó un nuevo giro acrobático, que esta vez realizó con mayor habilidad. En la pantalla parpadeaba, en letras blancas, su nombre. Los latidos se aceleraron, el estómago se encogió por la emoción que trataba de ser contenida. Pulsó el botón verde con ímpetu y descolgó.

(Continuará…)

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